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Crónicas y puntos de vista

Todavía no hay justicia, pero si pachanga

April 21, 2017

 

Por GABRIEL ÁNGEL ARDILA


El baile de consultores de Naciones Unidas, contratistas monitores del desarme y reacomodación (al menos geográfica) de delincuentes que la justicia colombiana absuelve, indulta y el Estado protege, no se quedó en El Conejo a ritmo y aire caribes.


Goce que escurrió a contracorriente por vertientes del Magdalena y sus afluentes, hasta sectores del Cauca. Circulan fotografías y registros sobre juergas conciertos uniformados nacionales, coprotagonistas del yerro. Arrastran por todo el país ese baile del conejo: El eufemismo para ocultar ese vicioso baile de paz, alegrando a algunos incautos o alucinando a ciertos cerebros en desuso.
Esos contratistas extranjeros bailan como convidados de una crónica del engaño anunciado y actúan tal cual son: mercenarios, cuyo papel es muy difícil de controlar.

 

Gozan de régimen más especial al pretendido para absolver secuestradores sin dejar el delito, sin liberar secuestrados y a indiciados por múltiples infracciones al D.I.H. reclutadores de menores de edad aún no entregados y ni qué decir de colombianos desaparecidos en acciones de beligerancia sangrienta, cruel y de insaciable voracidad extorsionista. Todavía no hay justicia, pero si pachanga. Y ciertos colombianos se dan por bien servidos con que solo se cumpla esto último. ¡Que viva Colombia hp!


Conocimos fichas extranjeras y paisanas de cierto órgano internacional, cruzamos palabras y anduvimos caminos de Colombia. Dejaban mucho qué desear en su actuar, frente a planes y propósitos desarrollados tras cortina siniestra de la “cooperación internacional”. Como no ajustan del todo a formalidades sobre contratación local, ejercen al antojo pues, cuando traspasan la línea, simplemente se declaran sujetos del “derecho internacional” y cualquier carpa con chapa extranjera, sobre todo con sello ONU, resulta validadora de eso y más.


Atropellan los propios nacionales contratistas o consultores o “monitoras”, a su voraz criterio, no sólo parrandeándose procesos, filtrando vicios y mañas foráneas y afilando sus largas uñas, entre presupuestos de muy difuso control. Esos burócratas de la cooperación, muy “calificados”, resultan patrocinando a saqueadores colombianos, persiguiendo fieramente cualquier ojo que pueda incomodar sus aquelarres, como le consta a Benhur Zapata, excontralor General de Risaralda sobre cooperaciones de esas que acompañamos.


Mientras esos engordan sus sucios patrimonios abrazando mercenarios, riendo porque les enseñen a descubrir el agua tibia y otras astucias, venden pedazos de patria y colombianos, enteros o despedazados, a la marrulla internacional.


UNA COLUMNA QUE NO SE PUBLICÓ.

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EL NEGRO HUECO DE LA SOLEDAD

March 05, 2017

 

Sonia Giraldo Buitrago

Bogotá

Un habitante de calle que vive sus grises días en el caño de la Av. Boyacá. 

 

Preso de la droga, la calle, la soledad y el frio de la Capital este hombre pasa sus grises días, viviendo en el caño de la Av. Boyacá, llego allí aproximadamente tres meses, con una carreta azul y desgastada, ropa sucia y la basura con cual recicla.

Su rutina es efímera, días en los que despierta toma un baño entre ropa negra y percudida, agua amarilla de las alcantarillas y siendo sujeto de la agonía de la sociedad, recuerda que sus dientes también requieren de aseo, así que toma su cepillo de dientes y con agua turbia, deja sus dientes casi blancos, su mente se nubla y de nuevamente piensa en la adicción, así que rápidamente se viste y se enfrenta con sus demonios, una pipa gris, al lado de su gran desorden, le habla de manera esquizofrénica, le repite que la acaricie y la encienda lentamente.

Las miradas de la sociedad como un revolver que juzga al que viste mal o no ha de vivir como los demás, un pasar de página vacía, aguantado la respiración porque talvez el hambre y la sed, dejan de tomar importancia al ser esclavo de la sustancia blanca que corta las alas soñadoras de quien la prueba y queda en reposo su mente, olvidando el brillo de los días azules y llenos de gloria, que, por ser atado, no volverá a ver.

Como una espina que reposa en la piel, el habitante de calle, entre su melodrama, pasa días en soledad, sin importar quien lo ve, quien está, quien se fue, solo el paso del agua turbia y los días grises que inundan lo ahora entre un hueco de un caño se hace llamar su cama, un pedazo de madera y un tapete gris de lo sucio que acobija sus frías madrugadas.

Despertar sin aliento

La crueldad de los días asecha sobre un habitante de calle que no recuerda, familia, nombre, teléfono o dirección alguna de su antigua vida, despierta a la realidad que solo agobia y para escapar es necesario el amarrillo de los días conjugado con un tarro de pegante que estalla su mente y lo lleva alucinar el paraíso infectante de su siquis.

El objetivo de claramente es no recordar y aun así en los días que despierta con ánimo, quisiera este hombre lucir como un muñeco nuevo que tienen en venta o alquiler, dejando con las horas transformar su entorno de nuevo a ese lugar lleno de escombros, basura y sueños rotos que quedaron en algún barrio de la ciudad, con alguna madre, familia y hogar.

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